Resulta muy loable para Venezuela la destacada recuperación y crecimiento que ha experimentado su sector avícola tras la gran debacle de nuestra economía —reducida a la tercera parte entre los años 2013-2019— y sumado al bienio 2020-2021 de la pandemia de COVID-19. La Federación Nacional de Avicultores (Fenavi) reportó que, para el año 2025, la producción de carne de pollo sobrepasó las 800 mil toneladas, con un consumo per cápita de unos 31 kg; además, en huevos, el crecimiento alcanzó las 1.101.559 cajas (de 360 unidades cada una), con un consumo de hasta 168 huevos por persona. En conjunto, esto representó un crecimiento del 48 % respecto al año 2024, triplicando el consumo nacional en un quinquenio y consolidándose como la proteína más accesible y consumida en el país, junto a un impactante 7 % de aporte al Producto Interno Bruto. Incluso, se han logrado importantes exportaciones hacia el Caribe y Japón.
Sin duda, el crecimiento avícola antes descrito contribuyó a atenuar la inseguridad alimentaria (IA) que azota a la población venezolana y que según HUM-Venezuela en su Informe de seguimiento a la crisis humanitaria compleja en Venezuela – 2025 se redujo a 29,6 % en hogares de forma moderada por reducir el tamaño de las comidas, y la IA severa bajó a 8,6 % en hogares que pasan hambre. Hace pocos días, se hizo la presentación de los resultados de la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) 2025, según la cual, con mucha coherencia con el reporte anterior de HumVenezuela, la pobreza extrema bajó al 31,7 %, lo que significa que, lamentablemente y a pesar de esto, 1 de cada 3 hogares no tiene ingresos para satisfacer sus necesidades alimentarias básicas en Venezuela.
El déficit energético en Venezuela y el negocio avícola
En el mismo contexto anterior, y desde el mega apagón nacional de marzo de 2019, Venezuela mantiene una oferta energética deficitaria sin inversiones mayores en el Servicio Eléctrico Nacional (SEN). Según informes comparativos del Colegio de Ingenieros de Venezuela, en concordancia con datos públicos de inspecciones al SEN realizadas por técnicos de las empresas Siemens y GE-Venorva, de los 36.000 MW de capacidad instalada en el país, solo unos 13.000 MW están disponibles u operativos para su uso. Se deduce, entonces, un déficit real de 2.000 MW, equivalente al 14 % de las ya deprimidas necesidades nacionales.
Esta carencia representa un impedimento crítico para el relanzamiento del sector petrolero como palanca del desarrollo nacional. A continuación, se presenta una gráfica que, según el Colegio de Ingenieros, mantiene su vigencia desde hace ya seis años:

Retornando al pujante crecimiento avícola nacional, este también se ve afectado por el déficit energético imperante. Justo hace unas horas (mes de mayo de 2026), una granja avícola en el estado Aragua sufrió un apagón para el cual, por desgracia, no contaba con respaldo energético propio en sus instalaciones de ‘ambiente controlado’. La granja albergaba 30.000 pollos por galpón en un complejo de 8 galpones, sumando 240.000 pollos de engorde que estaban a solo dos días de su despacho. Tras apenas 10 minutos de apagón, la mayoría de los galpones registraron una mortalidad del 100 % debido a la típica muerte súbita por acaloramiento; solo lograron salvarse unos 36.000 pollos, lo que representa apenas el 15 % de un ciclo de cría de seis semanas. Esto es inaceptable en cualquier país, y mucho más en Venezuela, dadas nuestras condiciones de inseguridad alimentaria y pobreza.
La imagen de lo narrado se describe a continuación, en lo ocurrido en Aragua:

Lo anterior significa la quiebra económica del ciclo para la granja; no es poca cosa lo perdido. Esto puede analizarse con los datos de conversión proporcionados por un experto agroindustrial: 204.000 pollos muertos × 2,25 kg/pollo × 0,7 de rendimiento en canal de matanza = 321.300 kg de pollo. Si se toma en cuenta el consumo promedio de 31 kg por persona reportado por Fenavi para el año pasado, estamos hablando del consumo anual de pollo de unos 10.364 venezolanos. Si lo expresamos en un horizonte de población-tiempo para la población proyectada del estado Cojedes, esta pérdida equivaldría al consumo de pollo de todo el estado durante 40 días
Aunque las granjas avícolas en Venezuela disponen de plantas eléctricas de emergencia, la crisis energética actual ha transformado estos equipos de un respaldo eventual en una fuente de energía permanente. En un contexto de apagones diarios de hasta 12 horas y una aguda escasez de combustible, el Productor Avícola Independiente (PAI) enfrenta un panorama crítico. El costo de mantener este sistema puede absorber la ganancia de todo un ciclo de cría. Además, en un negocio de márgenes estrechos donde la mortalidad natural (3-5 %) ya es un factor de riesgo, cualquier incremento en las pérdidas —ya sea por virus o por las recientes olas de calor— compromete seriamente la rentabilidad y la sostenibilidad operativa del productor.
La sostenibilidad de los Productores Avícolas Independientes
Para ilustrar lo anterior, consideremos el modelo de contrato típico donde un PAI acuerda con una empresa integradora avícola una remuneración fija en dólares por pollo criado y entregado. En este esquema, cualquier falla en el respaldo energético se traduce en una amenaza directa a la viabilidad del negocio. Tomando como referencia el caso de la granja en Aragua, bajo las condiciones críticas mencionadas, el productor dejó de percibir ingresos significativos: una mortandad de 204.000 aves representó una pérdida bruta de US$ 51.000 (calculada sobre una base de 0,25 US$/pollo).
Para dimensionar la magnitud del impacto en la granja avícola del estado Aragua, consideremos los requerimientos técnicos: un experto criador avícola señala que una unidad de ese tamaño requiere un respaldo de aproximadamente 300 kW. Según ingenieros electricistas, un equipo con dicha capacidad tiene un costo de mercado cercano a los US$ 50.000. Resulta una coincidencia alarmante que el costo de la planta eléctrica sea prácticamente idéntico al ingreso que el PAI dejó de percibir en un solo ciclo. Esta paridad subraya la fragilidad del emprendimiento: lo que se perdió en un incidente habría bastado para costear la infraestructura de protección necesaria.
Es fundamental comprender que la culminación exitosa de un ciclo de cría no genera el excedente necesario para que el PAI realice inversiones de capital, como la adquisición de sistemas de respaldo energético o la expansión de su capacidad instalada. Estas mejoras solo serían viables mediante financiamiento bancario, el cual es prácticamente inexistente en el contexto venezolano actual. A esta falta de crédito se suma un ciclo de flujo de caja adverso: la empresa integradora suele demorar entre uno y dos meses —e incluso más— para liquidar el pago al productor. En una economía con una inflación persistente, este retraso genera costos financieros que erosionan la rentabilidad y amenazan la sostenibilidad del PAI.
Mucho de este agronegocio tiene que ver con la escala de producción. La asociatividad entre los PAI es fundamental porque, como dicen, ‘la unión hace la fuerza’; sin embargo, en estos años de deslave social e institucional en Venezuela, el funcionamiento gremial también se ha visto impactado negativamente para el trabajo del campo.
La asociatividad resulta fundamental en el sector agroalimentario y no es poca cosa: desde las dinámicas conversaciones en una cafetería, que involucran la transmisión de conocimientos gestados a pulso, hasta los días de campo y talleres formales. Todo esto implica rapidez en las gestiones de procura del negocio y las operaciones, así como la toma de decisiones bien sustentadas en momentos de emergencia operativa, tal como lo representa una mortandad avícola ocasionada por los recurrentes apagones.
Y es que, así como la avicultura nacional ha experimentado la recuperación y el crecimiento vertiginoso descritos en el último lustro —impulsados por el accionar de varios grupos emergentes—, los PAI en el estado Cojedes han visto mermar seriamente su sostenibilidad. Tanto es así que, de unos 90 que existían hace dos décadas, hoy solo quedan 18 en estos avatares. Por supuesto, en esto influyen significativamente las grandes escalas de los nuevos grupos emergentes, dotados de ‘músculos financieros’ avasallantes y una adopción tecnológica de punta. Estas condiciones han transformado la estructura y función de producción, así como la productividad y competitividad del sector; factores con los cuales los PAI no pueden competir, viéndose obligados a integrarse o, de lo contrario, retirarse del negocio avícola al hacérseles insostenible.
Para finalizar, este caso representa un desafortunado evento que podría sumarse a la estimación del índice de Pérdidas de Alimentos, para Venezuela.
Las pérdidas y desperdicios de alimentos constituyen un tema que ha sido abordado en infinidad de oportunidades en MiradorSalud.
Andrew Torres Márquez
Sobre el autor:
El Dr. Andrew Torres es Profesor Titular de la Unellez en Agroindustria. Ing. Agroindustrial (Unellez, 1992), M. Sc. Gerencia de empresas (UFT, 2002), M. Sc. Administración (Unellez, 2005), Dr. Cs. Agrícolas (UCV, 2015). Miembro de la Comisión de Agricultura de la Academia Nacional de Ingeniería y Habitat (ANIH), también Miembro de la Comisión Interacadémica para Estudio de la Inseguridad Alimentaria (ANIH – Acfiman). Consultor del BID en Agricultura, Agua y Saneamiento.






















